'El atajo de la seducción'

Artículo de opinión en exclusiva para el Periódico PublicidAd de la mano de Jorge Oller, referente de la publicidad en Latinoamérica y autor de 'El arte del desapego' (Gestión 2000, Grupo Planeta). ¡No te lo pierdas!

"La seducción no siempre entra en nuestra vida como un exceso, a veces se nos presenta como lo más sensato: «mejor así, para que se entienda», «no lo compliques», «hazlo más amable». Puede ser simplemente una muestra de cortesía, una forma de resultar agradable o un leve ajuste para que la comunicación fluya. El dilema surge en el momento en el que deja de ser una herramienta y se convierte en el centro de gravedad de lo que hacemos.  Cuando la pregunta principal ya no es “¿qué estoy intentando construir?” sino “¿cómo va a caer?”.

En ese desplazamiento, casi imperceptible, el ritmo del pensamiento cambia y se ven afectadas nuestras decisiones. También el proceso de trabajo. Porque seducir —en el sentido más amplio del término— no es solo atraer; es anticipar. Podríamos decir que es contemplar una idea no por lo que es, sino por lo que provocará. Pero cuando la anticipación nos dirige, tiende a recortar, a difuminar matices y eliminar ambigüedades. En el mejor de los casos, produce claridad. En el peor, la idea es sustituida por su versión más digerible. 

La publicidad conoce bien esa lógica. En el fondo, la publicidad es el arte de la seducción. Y no necesariamente en un sentido negativo: seducir es abrir una puerta, hacer que alguien quiera detenerse un instante más. Pero el problema aparece cuando la seducción deja de servir a algo mayor y se convierte en el criterio fundamental. Cuando el brillo reemplaza a la dirección.

En estos territorios aparece una de las fantasías de cualquier publicista: el lovemark. El concepto se refiere a una marca capaz de crear una conexión emocional tan fuerte que el consumidor llega a sentirla como propia. Y nada resulta más seductor que un vínculo que nace de lo humano y que, precisamente por eso, nos ata. La ambición secreta no es vender, sino enamorar. No que el consumidor compre, sino que vuelva. 

Pero esa lógica tiene una deriva peligrosa cuando se traslada al proceso creativo. Si todo debe enamorar, entonces todo se diseña para gustar. Y lo que se diseña únicamente para gustar rara vez se atreve a incomodar. El pensamiento empieza a caminar por terrenos seguros: lo reconocible, lo aceptable, lo que nadie discutirá demasiado.

Sin embargo, cualquier proceso creativo tiene un momento delicado: la antesala de la idea. Ese instante en el que algo todavía no está del todo formado, pero promete. Una intuición que aún no tiene palabras perfectas ni forma definitiva. Es, quizá, el momento más vivo del trabajo. Pero también el más vulnerable.

En esa fase la presión de la recepción puede desviarlo todo.  «Esto no se entenderá», «esto puede sonar raro», «esto puede incomodar». A veces ese cálculo es útil: evita la oscuridad gratuita. Pero otras veces actúa como una poda prematura: mata aquello que aún no tuvo tiempo de crecer.

Conviene entonces separar dos preguntas que, cuando se mezclan, empobrecen cualquier trabajo. La primera es: «¿cómo será recibido esto?». La segunda es: «¿qué es esto realmente?»

La primera es legítima. La segunda exige una atención distinta, más silenciosa. Si al intentar responder la segunda ya estamos pensando en la primera, el proceso se convierte en un ejercicio de ajuste permanente. Y cuando todo se vuelve ajuste, la obra nace domesticada.

Aquí entra en juego otro elemento imprevisible que suele malinterpretarse: la inspiración. No es la inspiración un fogonazo romántico, es un hábito. La excelencia no depende de un momento brillante, sino de una sucesión de decisiones acertadas. Y se aprende a decidir bien decidiendo muchas veces.

Esto desplaza la conversación del talento hacia el juicio. El asunto ya no es «tener ideas», sino reconocer cuáles merecen sobrevivir. Saber cuándo una simplificación aclara y cuándo empobrece. Cuando una concesión traduce y cuándo diluye.

Toda acción se orienta hacia un propósito, aunque a veces no lo nombremos. Y cuando ese propósito está claro, incluso de forma implícita, ordena el trabajo. Actúa como filtro: no todo encaja, no todo sirve, no todo conviene.

Esa claridad se vuelve especialmente visible en la revisión. Porque crear es también editar, y editar implica perder cosas. Acortar, simplificar, puede que incluso abandonar respuestas que no cubren necesidades reales. 

Eliminar resulta especialmente difícil cuando la seducción domina el proceso, porque la seducción premia lo que se nota: lo llamativo, lo inmediato, lo que brilla. Pero debemos aprender a soltar, a dejar ir, porque la calidad depende de lo que se elimina. 

En este sentido, el concepto de desapego se vuelve técnico, abandonando el halo espiritual. No hay que confundir la obra con el yo. Si uno los mezcla, cualquier corrección parece un ataque. Si los separa, la corrección se convierte en una herramienta.

También conviene desconfiar del mito de la originalidad absoluta. Gran parte de lo valioso no nace de la nada. Surge de una combinación de referencias, intuiciones y oficio. Crear suele empezar por exponerse a lo que otros han pensado y hecho —leer, mirar, escuchar—, y continúa por transformar hasta que encaje con una mirada propia, incorporando matices y diferencias. Entendiendo así la creatividad, esta deja de parecer un milagro y nos permite volver al «taller», donde las ideas se prueban, se corrigen, se pierden y, de vez en cuando, encuentran su forma.  

La seducción, sin embargo, no desaparece en el proceso. Simplemente cambia de lugar. Puede ayudar a comunicar mejor una idea, a hacerla más accesible, incluso a abrirle camino. Y no es enemiga, hay que saber ubicarla. Porque cuando una obra nace únicamente para gustar, su aportación se queda en el terreno de lo meramente reconocible".