'Hiciste RR. PP. hace quince años. Se nota'

Nuevo artículo de opinión en exclusiva de 'Una PR cualquiera'

"Hacer relaciones públicas no es como montar en bici: no se recupera solo porque una vez supiste. Sobre todo, cuando el mundo, los medios y las reglas llevan años pedaleando en otra dirección…y tú sigues convencido de que el carril es el mismo

Hay un perfil que aparece siempre, con una regularidad casi entrañable. El de quien cree que sabe de relaciones públicas porque las hizo una vez, hace quince años, cuando mandar una nota bastaba, cuando los medios tenían hueco, cuando una llamada no llegaba después de otras veinte y cuando tener contactos parecía, honestamente, casi un superpoder.

No es mala fe. Es nostalgia profesional.

Una nostalgia que recuerda publicaciones fáciles, silencios más cortos, agendas que abrían puertas y temas que “salían” sin demasiadas preguntas. Y desde ese recuerdo se decide hoy, como si el contexto fuese un detalle menor, como si el ecosistema mediático no hubiera cambiado, como si las reglas siguieran siendo las mismas y todo lo demás fuese una exageración moderna.

El problema no es haber hecho relaciones públicas antes. El problema es confundir experiencia pasada con criterio presente.

Porque las relaciones públicas no son una habilidad que se adquiere una vez y se guarda en un cajón para cuando toca “salir”. No son un recuerdo profesional al que volver con cierta melancolía. Son una disciplina viva, incómoda y cada vez más exigente, que obliga a revisar constantemente cómo, cuándo y por qué se hacen las cosas. Pero eso cuesta asumirlo cuando una vez funcionó. Cuando una vez alguien publicó sin demasiadas preguntas. Cuando una vez bastó con insistir un poco más… o un poco peor.

Es entonces cuando aparece la frase peligrosa, dicha casi siempre con tono tranquilizador, como quien saca un comodín: esto ya lo hemos hecho.

Sí. Y también se enviaban faxes. Y funcionaban.

Hoy las relaciones públicas se parecen menos a la épica y más al descarte. Más a decidir qué no enviar que a insistir un poco más. Más a leer silencios que a llenar bandejas de entrada. Exigen filtro, renuncia y una cierta paciencia profesional que no siempre apetece practicar cuando el recuerdo sigue siendo cómodo y la autoconfianza va sobrada.

Porque no todo interesa fuera de casa. Porque no todo merece visibilidad. Porque insistir mal es peor que no insistir. Y porque una relación quemada tarda mucho más en reconstruirse que un tema descartado a tiempo, por muy “buenísimo” que pareciera en la reunión.

Por eso el problema no es quién opina, sino desde cuándo. Desde qué reglas. Desde qué recuerdos. Desde qué versión del oficio.

Haber hecho relaciones públicas hace quince años no convierte a nadie en experto hoy. Lo convierte, como mucho, en alguien que debería saber que este oficio va de adaptarse o estorbar, de entender que los ritmos se han estrechado, la atención es un bien escaso y la paciencia ajena no se recupera a base de nostalgia ni de llamadas “solo para comentar una cosa”.

Cuando se decide desde ahí, pasa lo de siempre: envíos forzados, llamadas fuera de tiempo, contactos que dejan de contestar, relaciones que costó años construir y se desgastan en pocas semanas. Notas enviadas con urgencia impostada, temas que parecían buenísimos, cafés que no llevaron a nada, silencios largos, silencios definitivos. Todo, por supuesto, con buena fe.

Las relaciones públicas no necesitan héroes del pasado. Necesitan criterio en presente. Necesitan entender que ya no van de insistir, sino de saber cuándo parar, de leer el contexto, de aceptar límites y de asumir que a veces no toca. Y que eso, aunque no luzca en ningún clipping, también es hacer bien el trabajo.

Y ahí, curiosamente, es donde más se nota quién sigue escuchando…y quién lleva demasiado tiempo oyéndose a sí mismo".