'Por qué el ruido nos obliga a volver al periodismo con nombre y apellidos'
Artículo de opinión en exclusiva para el Periódico PublicidAd de la mano de Iñaki Roldán Lázaro, Group Manager para sector tecnológico en Burson. ¡No te lo pierdas!
"Una pieza de humor que circuló recientemente por las redes sociales resume a la perfección nuestra esquizofrenia digital. El vídeo celebraba con gran pompa cómo la tecnología nos ha permitido alcanzar el acceso inmediato y universal a la información, dándonos una ventana en tiempo real a cualquier suceso en la otra punta del planeta. Sin embargo, la sátira terminaba con una pregunta demoledora que nos devolvía a la realidad de un golpe: “Entonces... ¿ha fallecido Netanyahu?”. La respuesta era un desolador “Es imposible saberlo”. En nuestro mundo de alertas constantes, feeds infinitos y notificaciones incesantes, era inviable estar seguro de si la noticia era real, un bulo cuidadosamente orquestado o, peor aún, si el desmentido que acabábamos de ver no era más que un deepfake diseñado precisamente para desinformar.
Esta anécdota, aunque cómica, no es más que el síntoma de una era en la que llevamos la biblioteca de Alejandría en el bolsillo, pero hemos perdido la brújula para navegarla y, lo que es más importante, para identificar la verdad en sus estanterías. La expansión exponencial del uso de la inteligencia artificial generativa ha añadido una capa de complejidad a este laberinto. Ahora, para estar razonablemente seguro de algo, necesitamos un esfuerzo de verificación y contraste que el ciudadano medio no siempre tiene el tiempo, los recursos o, incluso, la voluntad de permitirse. La sobrecarga informativa nos ha llevado a una fatiga decisional donde, a menudo, la rendición es la opción más sencilla.
Este sentimiento de desconfianza generalizada no es solo una percepción, sino una realidad cuantificable. Según datos del Digital News Report 2025 del Instituto Reuters, la preocupación por distinguir lo verdadero de lo falso en el entorno digital alcanzó un máximo histórico, situándose en un alarmante 58% de la población. Lo verdaderamente irónico y perverso de esta situación es que la desconfianza ya no solo afecta a las mentiras evidentes, sino que está erosionando nuestra capacidad fundamental de creer en la verdad. Es un fenómeno que algunos analistas ya denominan “escepticismo preventivo”. Ante la más mínima duda, nuestra mente, como mecanismo de autodefensa cognitiva, prefiere descartar la realidad por completo antes que arriesgarse a procesar y asimilar un posible engaño. Se ha vuelto más seguro no creer en nada que creer en algo que podría ser falso.
En este contexto, el informe de Reuters de 2026 subraya un dato aún más revelador que dibuja la compleja paradoja en la que vivimos. Aunque el 34% de la población mundial ya utiliza herramientas de inteligencia artificial semanalmente para tareas como resumir noticias o buscar información, solo un 12% se siente realmente cómodo consumiendo contenido generado íntegramente por algoritmos. Existe un rechazo casi instintivo, una barrera invisible hacia lo que podríamos llamar “información sin alma”. La IA puede procesar y sintetizar datos a la velocidad de la luz, una proeza inalcanzable para el cerebro humano, pero carece de dos elementos esenciales que el periodismo tradicional, en sus mejores horas, ofrece como pilar de su existencia. La responsabilidad y el testimonio. Un algoritmo no rinde cuentas ante nadie y, desde luego, no "estuvo allí" para presenciar los hechos.
Frente a este tsunami de “ruido infinito” y contenido sintético, estamos asistiendo a un fenómeno que, hace unos años, pocos habrían previsto: el resurgimiento del periodista con nombre y apellidos como un valor refugio. En un ecosistema informativo saturado de textos anónimos y vídeos de origen incierto, el valor de una firma reconocida, un rostro familiar en pantalla o una cabecera con décadas de historia y credibilidad a sus espaldas se ha convertido en un activo de lujo. La confianza, en un mercado inundado de falsificaciones, es el nuevo oro. Instituciones de referencia como la Agencia EFE o la Asociación de la Prensa de Madrid ya están promoviendo activamente sellos de "Contenido Creado por Humanos" y etiquetas de trazabilidad para la IA. No se trata de un acto de romanticismo profesional ni de una batalla contra la tecnología; es una decisión basada en la pura supervivencia informativa y en la demanda del público.
Esta búsqueda de certeza nos lleva de vuelta a la figura del editor y del reportero. Queremos saber quién está detrás de la pantalla, quién asume la autoría de lo que leemos. La figura del periodista que "estuvo allí", que invirtió tiempo en contrastar la fuente, que realizó las llamadas incómodas y que, en última instancia, arriesga su reputación personal y profesional con cada palabra y cada adjetivo que publica, es hoy el único antídoto eficaz contra el "efecto Netanyahu". Es la diferencia entre un texto generado a partir de patrones de datos y una historia construida sobre la base de la investigación humana, el juicio ético y la responsabilidad civil.
La tecnología nos regaló la inmediatez, pero en el proceso nos arrebató la seguridad. En 2026, la verdadera innovación no reside en el próximo gran modelo de lenguaje capaz de escribir sonetos o código de programación, sino en recuperar y poner en valor la esencia más antigua y fundamental del oficio periodístico. La verificación humana, el contexto y la rendición de cuentas. Porque, al final del día, si queremos saber con certeza si un líder mundial ha fallecido, si una nueva ley va a cambiar nuestras vidas o si la guerra ha terminado, no buscamos al que lo dice más rápido, sino a aquel que, por su ética y su compromiso con la verdad, no puede permitirse el lujo de mentir".