"Una vez terminada la resaca del Festival de Cannes, de donde nuestra industria se vuelve con un saldo negativo entre la relación de inscripciones y premios obtenidos. Las agencias españolas este año compraron más boletos en forma de inscripciones para obtener uno de los codiciados premios. Se inscribieron 743 frente a las 705 del pasado año, pero este año solo solo se han obtenido 24 premios en forma de trofeos, mientras que el pasado año se consiguieron 40 distinciones (entre ellas, tres Grand Prix, un Titanium y once Oros). En esta edición solo cuatro son Oros, un botín muy pequeño en comparación con el gran esfuerzo económico que representa. Inscribir una pieza en Cannes cuesta entre 1.300 y 2.700 dólares, a lo que hay que añadir la preparación de un buen Case Film, que puede costar más de mil euros... más hoteles, aviones, copas... El Festival de Cannes es un negocio más allá del ego de ganar un premio y entiendo que algunas agencias (solo las que tienen un gran presupuesto) se hipotequen en aras de salir en los medios. Algunos deberían medir mejor dónde y cómo invierten su presupuesto o cómo salen en los medios.
Este año se añade, además, la triste polémica sobre los premios que se han tenido que devolver –otros se han quedado sin ellos, con los caros que son, ya que no se pueden volver a adjudicar a ninguna otra agencia–. Los jurados siempre se han quejado de la gran cantidad de casos que tienen que juzgar y el poco tiempo que tienen para decidir, por lo que no es extraño que las nuevas tecnologías y la Inteligencia Artificial haya engañado a estos sufridos profesionales... Un nuevo escándalo, versión trucho tecnológico, de lo que, desde siempre en estos certámenes ha existido, con dudas sobre la realidad de las campañas premiadas. Es impresionante como las Oenegés invierten en campañas que solo vemos en estos eventos, y esto ocurre a pesar de los controles que teóricamente existen, que deben actualizarse a raíz de estos casos. No nos olvidemos del negocio que hay detrás, de las inversiones que hay que justificar y de cómo este negocio de los premios hace olvidar la ética tan cacareada en los nuevos valores empresariales, también en los de nuestro sector.
El Gobierno, en su cruzada contra la libertad creativa y con la excusa del consumo sostenible, ha aprobado el pasado martes 1 de julio, el anteproyecto de ley de Consumo Soste- nible impulsado por el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, que promete transformar el panorama económico y publicitario en España. La nueva norma establece la prohibición de la publicidad de combustibles fósiles, regula el engañoso uso del ecopostureo o greenwashing, ataca la obsolescencia programada y limita prácticas como la reduflacion y la reventa especulativa de entradas.
Pablo Bustinduy, según parece, entusiasta de la comunicación comercial y del libre comercio en general, ha destacado que se trata de “una ley ambiciosa que incluye muchísimas medidas”para proteger a los consumidores –¿de los malvados publicitarios?–, impulsar la transición ecológica y reforzar la justicia social, después de señalar el vínculo entre crisis social y crisis climática, y defender una mayor fiscalidad para quienes más contaminan. Para eso ha puesto la publicidad bajo la lupa: adiós a los anuncios de gasolina y vuelos innecesarios. Entre las medidas más llamativas esta la PROHIBICION de la publicidad de productos energéticos compuestos por derivados fósiles-como la gasolina o el diésel.
Nos encontramos –como con otros productos como el tabaco– que se puede vender –no vaya a perderse la recaudación de impuestos–, pero no comunicar. También se prohibirá publicitar vuelos nacionales, si hay alternativas menos contaminantes que no impliquen más de dos horas y media adicionales de trayecto y vehículos que funcionen únicamente con combustibles fósiles.
La ley también atajará la llamada publicidad del miedo, obligando a incluir datos reales y verificables cuando se utilicen mensajes alarmistas que generen sensación de inseguridad o urgencia en los consumidores.
En fin, un nuevo palito a la rueda de los creativos para hacer su trabajo más difícil. Quizás habría que volver a crear departamentos de censores para que los trabajos no sean problemáticos y que todo sea lo más plano posible".